Entré por ERROR al Real Jardín Botánico de Madrid (y acabó siendo lo mejor del día)

Qué ver en el Real Jardín Botánico de Madrid: precios, bonsáis y invernaderos

Llevaba más de 30.000 pasos por Madrid, hacían 39 grados con sensación de 41 y mi plan era bastante sencillo: entrar al Retiro, encontrar sombra y dormir debajo de un árbol.

No quería ver otro monumento, caminar por otra avenida importante ni aprovechar para hacer «una última parada». Quería sentarme y dejar de utilizar las piernas durante un rato.

El problema es que me equivoqué de entrada.

Pensaba que estaba llegando al Retiro, pero acabé delante del Real Jardín Botánico de Madrid. Vi que dentro había invernaderos, exposiciones y una colección de bonsáis. Nunca había visto uno en persona y la entrada me costaba un euro, así que tampoco estaba poniendo en riesgo el futuro económico de mi familia.

Entré sobre las 16:00 y salí cerca de las 18:00.

Y después de caminar casi 60.000 pasos durante mi primera vez en Madrid, aquel jardín al que había llegado sin querer terminó siendo el lugar que más me gustó.

Información rápida para visitar el Real Jardín Botánico de Madrid

  • Entrada general: 4 €.
  • Entrada reducida: 1 € para estudiantes de 18 a 25 años, mayores de 65 y adultos de familias numerosas con acreditación, Gratis para personas discapacitadas y menores de 18 hasta 14.
  • Entrada gratuita: martes de 10:00 a 13:30 y para determinados colectivos acreditados.
  • Horario de apertura: todos los días a las 10:00.
  • Horario de cierre: entre las 18:00 y las 21:00, según la época del año.
  • Días de cierre: 1 de enero y 25 de diciembre.
  • Dirección: Plaza de Murillo, 2, frente al Museo del Prado.
  • Metro cercano: Estación del Arte y Atocha, ambas en la línea 1.
  • Duración recomendada: entre una hora y media y dos horas.
  • Tiempo para una visita rápida: unos 30 o 40 minutos.
  • Acceso: exclusivamente por la Puerta de Murillo.

Los invernaderos, la Terraza de los Bonsáis, la taquilla y las exposiciones cierran treinta minutos antes que el resto del jardín. Algunas exposiciones del Pabellón Villanueva pueden llevar un suplemento de entre 2 y 5 euros.

Puedes consultar precios, horarios, entradas gratuitas y normas actualizadas en la guía práctica oficial del Real Jardín Botánico-CSIC

Ahora que ya tienes lo necesario para organizar la visita, te cuento cómo acabé yo dentro sin tener ni idea de dónde me estaba metiendo.

Índice del artículo

  1. Cómo acabé entrando al Real Jardín Botánico
  2. Precio de la entrada y conversación en taquilla
  3. Qué ver y hacer dentro del jardín
  4. Los invernaderos: desierto, subtrópico y trópico
  5. La zona de bonsáis y el «very old soul»
  6. El paseo bajo las uvas, el árbol de 80 años y las estatuas
  7. Las exposiciones y el banco donde casi me duermo
  8. Cuánto tiempo dedicar y consejos para la visita
  9. A veces el mejor sitio no estaba en el plan

Cómo acabé entrando al Real Jardín Botánico

Yo iba buscando el Parque del Retiro porque estaba bastante cansado y necesitaba un lugar tranquilo. Vi una puerta, árboles al otro lado y asumí que sería una de sus entradas.

Me acerqué y encontré una taquilla.

Durante unos segundos pensé que igual cobraban por entrar al Retiro, porque mi conocimiento de Madrid en ese momento se basaba principalmente en seguir Google Maps y confiar en Allah.

Después leí el cartel y entendí que aquello era el Real Jardín Botánico.

Podía haberme dado la vuelta y continuar hacia el parque, que estaba literalmente al lado, pero vi que dentro había bonsáis. Mi plan pasó de dormir debajo de un árbol a pagar por mirar árboles pequeños.

No es una evolución demasiado lógica, pero salió bien.

Precio de la entrada y mi conversación con la taquillera

La entrada general cuesta 4 euros, aunque hay una tarifa reducida de 1 euro y varios colectivos pueden entrar gratis.

Yo pagué un euro por tener acreditación de familia numerosa.

Antes de comprar la entrada, la mujer de la taquilla me preguntó cuántos años tenía para comprobar qué tarifa me correspondía.

—¿Cuántos me echas? —le pregunté.

Me miró durante un momento.

—Joven, pero mejor no opino.

Me empecé a reír porque fue una respuesta bastante inteligente. No había forma de equivocarse.

Después le pregunté qué tal estaba el jardín. Le conté que me habían dicho que era muy chulo, aunque la realidad es que cinco minutos antes no sabía ni que existía. Lo dije principalmente para ver qué me respondía.

Ella se rio un poco y me dijo que era un sitio curioso, que solía sorprender bastante a la gente.

Fue una conversación sencilla, pero me terminó de convencer.

Por un euro pensé que, aunque solo viera cuatro bonsáis y encontrara un banco para descansar, tampoco iba a salir perdiendo. Al terminar la visita habría pagado los cuatro euros sin problema.

Qué ver y hacer en el Real Jardín Botánico de Madrid

El Real Jardín Botánico no es simplemente un parque con árboles bonitos. Es un jardín histórico y un centro de investigación del CSIC donde se conservan y estudian plantas de diferentes partes del mundo.

Dentro hay terrazas, paseos, estanques, árboles monumentales, un huerto, una rosaleda, invernaderos, una colección de bonsáis y varios espacios de exposiciones.

Yo empecé a caminar sin mirar demasiado el plano. Mi recorrido fue sencillo: primero por donde parecía más bonito, después por donde había sombra y finalmente por donde me llevaba la curiosidad.

Me sorprendió bastante el tamaño. Desde fuera pensaba que sería un jardín pequeño, de esos que ves en media hora y continúas con el día, pero seguían apareciendo caminos, árboles y zonas nuevas.

No hace falta entender de botánica para disfrutarlo. Yo me acercaba a los carteles, leía los nombres científicos y asentía ligeramente como si aquella información confirmara algo que ya sabía.

Por dentro mi análisis era más o menos este:

«Esto parece que pincha».

«Esta planta necesita más cuidados que yo».

«Qué hoja más grande».

Cuando llegué a casa me puse a leer sobre el lugar para escribir este artículo y entendí mucho mejor lo que había visto. Esa fue una de las cosas que más me gustaron: entré sin saber prácticamente nada y salí con ganas de saber un poco más.

Los invernaderos: desierto, subtrópico y trópico

Los invernaderos fueron una de las partes más curiosas de la visita porque, en apenas unos pasos, cambia completamente el ambiente.

El Invernadero Santiago Castroviejo está dividido en tres departamentos: desértico, subtropical y tropical. En el primero hay cactus, euforbias, plantas piedra y otras especies adaptadas a lugares secos. El subtropical contiene vegetación de Canarias y de otras regiones cálidas, mientras que el tropical mantiene la humedad y la temperatura necesarias para orquídeas, bromelias, heliconias, palmeras y otras plantas de esos ambientes.

En el edificio contiguo se encuentra también la Estufa de Graells, un invernadero histórico construido en 1866.

Yo no tenía ni idea de esto mientras estaba allí.

Mi idea científica era bastante más sencilla:

«Aquí hace calor».

«Aquí hace más calor».

«Aquí las plantas están genial, pero hace mucho más calor».

Entrabas en una zona, caminabas diez pasos y parecía que habías recorrido cien kilómetros por la Tierra. Cambiaban las plantas, la luz, la humedad, el olor y hasta la sensación al respirar.

Eso sí, no vayas pensando que un invernadero es un refugio contra el calor.

Fuera hacían 39 grados, pero al menos había sombra y algo de aire. Dentro, especialmente en la parte húmeda, aquello parecía una sauna muy bien decorada.

Me gustó muchísimo el segundo ambiente por el que pasé, aunque no recuerdo si era el subtropical o el tropical. No voy a elegir uno ahora al azar para fingir que estaba más atento.

Solo recuerdo entrar, mirar alrededor y pensar:

«Wow, esto está increíble».

No es una explicación botánica muy seria, pero resume bien la experiencia.

La zona de bonsáis y el «very old soul»

Yo había entrado principalmente por los bonsáis y aquella acabó siendo mi parte favorita.

Los árboles estaban repartidos por una zona elevada del jardín, alrededor de una pequeña plaza y un estanque. Había uno situado solo sobre una especie de bancada, como si fuera el protagonista, y otro completamente inclinado hacia un lado.

Los bonsáis tenían muchísima energía de señor mayor.

No viejo en el sentido de estar mal, sino viejo con dignidad. Como esos señores que se sientan en un banco con las manos apoyadas en el bastón y parecen haber entendido algo sobre la vida que tú todavía no sabes.

Mientras los miraba, había dos señores mayores, una pareja de asiáticos observando cada ejemplar con muchísima atención. Se acercaban al tronco, señalaban detalles y hablaban entre ellos muy bajito.

Me puse cerca e intenté mirar el mismo bonsái con la misma profundidad.

Ellos seguramente estaban analizando su forma, las raíces y los años de trabajo.

Yo estaba pensando que estaba muy guapo.

Uno de ellos se dio cuenta de que miraba el mismo árbol, sonrió y me dijo en inglés:

—Very old soul.

Durante un segundo pensé que me lo decía a mí y casi le agradezco el piropo espiritual.

Después entendí que hablaba del bonsái.

—Yes, it looks wiser than me —le respondí.

Los dos se rieron y yo también, porque era verdad. Aquel árbol medía bastante menos que yo, pero parecía tener la vida mucho más organizada.

Al salir de la zona me crucé con una señora y le pregunté:

—Perdona, ¿hay más jardín por ahí?

—Claro que sí, hay mucho más. Ten cuidado, no te vayas a perder.

Se rio porque seguramente vio bastante claro que no sabía dónde estaba.

Yo también me reí y seguí caminando, porque perderme ya era básicamente mi método para conocer Madrid.

El paseo bajo las uvas, el árbol de 80 años y las estatuas

Otro lugar que recuerdo especialmente fue un paseo cubierto por vides, con las hojas y las uvas formando una especie de techo natural.

No era una gran atracción ni había veinte personas intentando hacerse la misma foto. Era simplemente un paseo con uvas encima.

Y me gustó muchísimo.

También es verdad que daba sombra, y con 39 grados cualquier cosa que se colocara entre el sol y mi cabeza tenía muchas posibilidades de convertirse en mi rincón favorito.

Cerca encontré el tronco cortado de un árbol. Se veían todos los anillos y me acordé de que, cuando era pequeño, me habían explicado que cada línea representaba aproximadamente un año de vida.

Me puse a contarlas.

Estuve unos cinco minutos completamente concentrado hasta que una pareja se acercó.

—¿Qué haces? —me preguntaron.

—Estoy contando las líneas. Creo que cada una es un año.

En vez de marcharse pensando que era una persona rara agachada delante de un tronco, se pusieron a contar conmigo.

Llegamos a unas ochenta.

No sé si el árbol tenía exactamente ochenta años porque nos perdimos alguna vez y seguramente contamos dos líneas repetidas. Nuestra metodología científica tenía margen de mejora.

Pero los tres nos quedamos ahí mirando anillos de un árbol.

También había varias estatuas repartidas por los paseos. No entendí muy bien la historia de cada una ni por qué estaban situadas exactamente allí, pero me gustaba caminar y encontrar de repente un señor de piedra entre los árboles.

Le daba al jardín un punto de museo al aire libre bastante chulo.

Las exposiciones y el banco donde casi me duermo

Dentro encontré también un espacio de exposiciones. No recuerdo qué muestra estaba viendo ni voy a inventarme ahora el nombre para parecer más atento.

Entré, di una vuelta y me gustó encontrar esa mezcla de naturaleza, ciencia y arte dentro del mismo lugar.

Después de recorrer prácticamente todo el jardín encontré un banco rodeado de árboles. Cerca había una estatua que creo que era de un niño con una hoja, aunque a esas alturas mi capacidad para interpretar esculturas estaba empezando a desaparecer.

Me senté y se estaba demasiado bien.

Había sombra, muy poco ruido y árboles por todas partes. Me quedé allí cerca de media hora, medio despierto y medio dormido.

Al final encontré dentro del Real Jardín Botánico exactamente lo mismo que había ido a buscar al Retiro: sombra, árboles y un banco donde dejar de existir durante un rato.

Cuánto tiempo dedicar y consejos para la visita

Yo estuve dentro cerca de dos horas, desde las 16:00 hasta aproximadamente las 18:00.

Puedes recorrerlo en unos 30 o 40 minutos si vas directamente a las zonas principales, pero para ver los invernaderos, detenerte en los bonsáis, leer algunos carteles y sentarte un rato reservaría entre una hora y media y dos horas.

Miraría el plano al entrar para localizar los invernaderos y la Terraza de los Bonsáis, pero después caminaría un poco a tu aire.

En verano evitaría las horas centrales. Ir a las cuatro tuvo la ventaja de que había muy poca gente, pero la desventaja de que el sol estaba intentando acabar conmigo.

Lleva una botella de agua, calzado cómodo y no entres en los invernaderos esperando encontrar aire acondicionado.

A veces el mejor sitio no estaba en el plan

Después de salir seguí recorriendo Madrid y terminé el día cerca de los 60.000 pasos.

Vi calles, plazas, edificios y muchos de los sitios que quería conocer durante mi primera visita. Aun así, lo que más me gustó fue el Real Jardín Botánico.

No lo tenía guardado, no sabía prácticamente nada sobre él y ni siquiera había llegado a aquella puerta queriendo entrar.

Me gustaron los invernaderos, aunque dentro hiciera un calor bastante serio. Me gustó caminar bajo las uvas, contar las líneas de un árbol con dos desconocidos y quedarme mirando bonsáis junto a dos señores que parecían entenderlos bastante mejor que yo.

Pero, sobre todo, me gustó parar.

Había pasado el día intentando llegar a sitios, aprovechar el tiempo y verlo todo. Dentro del jardín no tenía ningún objetivo. Podía caminar por donde me apeteciera, detenerme delante de cualquier árbol y sentarme cuando encontrara sombra.

El Retiro y su lago se quedaron pendientes, así que tendré que volver. Puede que esa visita también termine convertida en una historia de En Off, quién sabe.

Lo bonito de esta historia no es que debas perderte siempre, porque también puedes acabar a cuarenta minutos de tu hotel y sin batería.

Es simplemente que no todo lo bueno de un viaje aparece en la lista que preparas antes de salir.

A veces el lugar que más recuerdas es el que no conocías, el que no estabas buscando y al que entraste únicamente por curiosidad.

Aquí, en En Off, viajamos para conocer lugares, pero también para dejar espacio a estas cosas: equivocarnos de puerta, cambiar el plan y descubrir que el sitio al que no pensábamos ir era justo donde necesitábamos estar.

Omar Tissir

Omar Tissir

Soy el chaval detrás de este blog. De lunes a viernes, mi mundo son las métricas, el diseño y los algoritmos, trabajando como Consultor SEO en una agencia y ayudando a empresas a crecer desde mi web profesional, omartissir.es.

Pero cuando cierro el portátil y dejo de lado el SEO, cambio las estrategias por la mochila. No viajo para coleccionar banderas ni para buscar la foto perfecta de Instagram. Ya sea cogiendo un tren para explorar el norte o perdiéndome por las calles de cualquier cuidad, viajo para vivir el camino. En En Off te cuento cada ruta exactamente como se la contaría a un amigo, con presupuestos reales, los aciertos, los imprevistos y todas esas pequeñas historias que ocurren mientras intentas llegar a tu destino.

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